El lenguaje ocupa un lugar central en la experiencia humana. A través de él no solo nos comunicamos, sino que damos sentido al mundo que nos rodea, clasificamos la realidad y construimos categorías que nos permiten comprenderla. Sin embargo, las palabras no son simples herramientas neutras destinadas a describir aquello que existe. También participan activamente en la forma en que interpretamos, ordenamos y valoramos la realidad.
La verdad como construcción
Esta preocupación por el papel del lenguaje y la construcción de la verdad no es nueva. Ya en el siglo XIX, Nietzsche cuestionó la existencia de verdades universales e independientes de la interpretación humana. Desde esta perspectiva, la verdad deja de entenderse como algo absoluto y universal para convertirse en una construcción humana situada históricamente.
En una línea similar, Teun A. van Dijk ha señalado cómo los discursos contribuyen a reproducir determinadas formas de comprender el mundo. Las palabras que utilizamos, los relatos que circulan socialmente y las narrativas que se vuelven dominantes no son inocentes, sino que influyen en la manera en que percibimos a las personas, los grupos y los acontecimientos que nos rodean.
Michel Foucault profundizó en esta idea al mostrar que toda sociedad desarrolla mecanismos para legitimar ciertas verdades frente a otras. Instituciones, normas, medios de comunicación, sistemas educativos o figuras expertas participan en la producción de aquello que se considera conocimiento válido. De esta manera, los discursos no solo describen la realidad, sino que también contribuyen a definirla y regularla.
¿Quién tiene voz?
Por su parte, Miranda Fricker llamó la atención sobre las desigualdades presentes en la producción de conocimiento. En su obra Injusticia epistémica (2007), señala que no todas las voces son escuchadas con la misma legitimidad ni poseen la misma capacidad para influir en la construcción del significado colectivo. Algunas experiencias son reconocidas y valoradas, mientras que otras permanecen invisibilizadas o son consideradas menos creíbles.
Desde esta mirada, resulta pertinente preguntarnos por los conceptos que utilizamos cotidianamente. Pensemos, por ejemplo, en la palabra «libertad». ¿Qué significa exactamente? ¿Somos libres respecto a qué? ¿Quién establece los límites de esa libertad? Las respuestas a estas preguntas difícilmente serán universales, ya que dependen de factores históricos, culturales, sociales y políticos que condicionan nuestra forma de entender el mundo.
Reconocer el carácter construido de los discursos no implica negar la existencia de la realidad, sino comprender que siempre accedemos a ella a través de marcos interpretativos determinados. Precisamente por ello resulta necesario abrir espacios para escuchar otras voces, incorporar perspectivas diversas y cuestionar aquellas narrativas que se han presentado como únicas o naturales.
El caso del instituto B9 de Badalona
En este contexto cobra especial sentido trabajar por la construcción de Otras Narrativas. Nuestra propuesta invita a ampliar la mirada sobre la realidad social, visibilizando experiencias, conocimientos y relatos que con frecuencia quedan fuera de los discursos dominantes. Frente a una única historia, aparecen múltiples formas de comprender el mundo; frente a una única voz, emerge la posibilidad de escuchar muchas otras. Porque toda narrativa ilumina una parte de la realidad, pero ninguna puede contenerla por completo.
Esta idea puede observarse con claridad en muchos de los debates sociales que ocupan actualmente el espacio mediático. Un ejemplo de ello lo encontramos en la cobertura informativa del desalojo del antiguo instituto B9 de Badalona. Aunque los diferentes medios informaron sobre un mismo acontecimiento, los titulares muestran cómo una misma realidad puede ser interpretada y narrada desde perspectivas muy distintas.
Algunos ponen el foco en el racismo, la vulneración de derechos o la falta de alternativas habitacionales, mientras que otros destacan el conflicto vecinal, la seguridad o la condición migratoria de las personas afectadas. De este modo, no solo recibimos información sobre lo sucedido, sino también una determinada forma de comprenderlo. Como comentábamos, detrás de las palabras aparecen significados, asociaciones y marcos interpretativos que dialogan con nuestro propio imaginario social, construido a lo largo de años de exposición a determinados discursos. Con frecuencia, tendemos a encajar aquello que escuchamos en categorías que ya nos resultan familiares, reforzando así interpretaciones previas sobre la realidad.
Ampliar la mirada
Analizar los discursos nos invita, por tanto, a preguntarnos qué aspectos se visibilizan, cuáles quedan en segundo plano y qué voces son consideradas legítimas para explicar la realidad. Porque toda narrativa pone el foco en una parte de la historia y, precisamente por ello, ampliar las miradas disponibles se convierte en una herramienta fundamental para aproximarnos a la complejidad de los fenómenos sociales.
En definitiva, como señala Chimamanda Ngozi Adichie en El peligro de la historia única, conviene desconfiar de aquellas explicaciones que parecen contener toda la verdad en unas pocas palabras. La realidad acostumbra a ser más compleja, más contradictoria y más diversa de lo que cualquier relato puede abarcar.
Quizás el reto consista precisamente en no permanecer inmóviles esperando que el significado llegue ya construido. Quizás haga falta ir más allá de la narrativa hegemónica y, desde Otras Narrativas, proponemos cocrearlas: proponemos espacios para analizar el contexto y cómo este es explicado.
«Toda narrativa ilumina una parte de la realidad, pero ninguna puede contenerla por completo.»