
Grupos de derecha y extrema derecha han movilizado a miles de personas para manifestarse en contra de la Amnistía, pero no solo. Eran muchas las consignas que gritaban a pecho abierto, al tiempo que se reivindicaban como manifestantes pacíficos. Pero, ¿lo pacífico se mide solo por la ausencia de violencia directa? Algunas de las frases que acompañaban la marcha eran: ¡España es cristiana, no musulmana! o ¡Yo soy Nazi, yo soy Nazi! al tiempo que alzaban el brazo derecho bien recto, recordando “tiempos mejores”.
Por tanto, hablar de violencia requiere de un análisis profundo sobre qué consideramos violencia para poder entender la dimensión de estos grupos de manifestantes que se reconocen pacíficos a la vez que comparten a viva voz ideología racista y fascista. En un espacio público polarizado, donde el lenguaje y la creación de discurso tiene una carga política amplia, podemos recoger la pregunta que plantea Judith Butller: “¿Y si el lenguaje tuviera en sí mismo la posibilidad de la violencia y de la destrucción de un mundo?”. En el contexto actual y tras ver las manifestaciones que se están dando en Madrid los últimos días, casi podría ser considerada una pregunta retórica, en tanto que la violencia presente en las consignas de los manifestantes no solo puede destruir un mundo (o un mundo posible que hemos imaginado de justicia social) sino que acerca un otro mundo no deseado (el del fascismo, la represión, la falta de derechos).
De esta manera, desde esta perspectiva, no solo podemos ver con preocupación la deriva de un país que entendemos como diverso y que otros defienden como uno, solo y ¿libre?. También debemos movilizarnos, más si cabe, para rebatir los discursos de odio y continuar creando nuestra propia construcción del lenguaje. Estamos cansadas, sí, pero también tenemos una digna rabia que nos acompaña y mucha experiencia en el cuerpo sobre la violencia, las violencias. Sabemos identificarlas y por eso no, no eran manifestaciones pacíficas.
